miércoles, 9 de octubre de 2013

Las nubes...

Una vez, un día cualquiera, ahora hacía ya más de setenta años, un fotógrafo, que se encontraba en Sylt o en alguna de las islas alemanas en el estuario del mar del Norte, se había fijado de entre todo lo circundante en ese único detalle: una huella que había creado el viento, el mar que había llenado los estrechos surcos insignificantes de esa huella y después se había vuelto a retirar. la férrea luz de ese día había intensificado el acontecimiento mínimo que se repetía una y otra vez, el fotógrafo lo había visto, lo había recogido y conservado. Era la técnica de aquellos días lo que hacía que la foto se quedara anticuada y agudizara la contradicción: lo atemporal continuaba siéndolo y, a la vez, quedaba marcado en el tiempo como algo de los años veinte. Lo mismo había ocurrido con las formaciones de nubes de Stieglitz. Lo que iba flotando por el cielo era esa única nube que ya nunca se detendría y que había pasado despacio atravesando el paisaje como un globo dirigible ingrávido, una nube que habían visto personas que ya no existían. Pero, a través de la foto, esa nube se había convertido en todas las nubes, en las anónimas formas de agua que siempre han estado allí, que estaban allí antes de que hubiera personas, que habían anidado en poemas y refranes, cuerpos celestes fugaces que casi siempre percibimos sin verlos hasta que llega un fotógrafo que otorga al más efímero de todos los fenómenos una durabilidad paradójica, obligándote a reflexionar sobre el hecho de que es inconcebible un mundo sin nubes, y que cada nube, cuando sea o donde sea, representa todas las nubes que nunca hemos visto y que nunca veremos. Pensamientos inútiles que, no obstante, él debía pensar porque esas fotos y lo que con ellas se perseguía tenían que ver con aquello  a lo que él mismo aspiraba: la conservación de las cosas que nadie considera que deban ser conservadas porque estaba claro que siempre habían existido. Pero precisamente de eso se trataba ahora: una vez el viento y el mar habían formado esas huellas acanaladas prosiguiéndose una a otro, no habían sido inventadas por un artista, habían sido reales en el tiempo y en el espacio y, ahora, tantos años después, esa huella o esa nube estaba sobre la mesa ante ti, habías quitado con cuidado el papel de seda protector que descansaba sobre su marco y lo que ahora se veía allí, recortado en ese cuadro de cartón, era un instante en el tiempo real, anónimo y, sin embargo, determinado, una victoria indescriptible sobre la transitoriedad. Ninguna nube inventada de los cuadros de Tiépolo, Ruysdael o Turner podría competir con ella...éstos representaban sólo otras nubes reales que nunca se habían dejado atrapar por nadie. 

Cees Noteboom

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Hace poco, desde un avión que cruzaba el atlántico, fotografié las nubes que formaban una inmensa llanura, irregular y tupida, que se perdía hacia el infinito, y mientras las observaba, pensé que ese paisaje sólo era posible desde que el ser humano inventó los medios aéreos. Es decir, siempre ha habido nubes, siempre han estado allí, pero sólo desde hace poco más de un siglo podemos remontarlas y verlas desde arriba, e incluso fotografíarlas... Y recordé esa vieja polémica de los semiólogos acerca de si existen espectáculos naturales o todo espectáculo es ya un artificio, incluso un paisaje, pues quien nos lo enseña ya está dirigiendo nuestra atención, o si somos nosotros mismos los que reparamos en tal porción de la naturaleza para definirla como bella, o inquietante, o suntuosa, ya estamos revistiendo un fragmento del mundo de nuestra propia intencionalidad... Y ese mundo irreal que se extiende bajo las alas de los aviones, ese universo increíble, tan parecido a veces a un mundo humano o animal, tan cercano en su monocromía a un desierto, un bosque, una ciudad, ese mundo gaseoso que ponen las nubes ante nosotros, se me hizo sólo posible por el artificio humano... Pues esas llanuras de blanco estado gaseoso, tan solitarias como parecían desde la pequeña exclusa del avión, estaban ya habitadas, ya plenas y saturadas de mi propia mirada. 

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