martes, 21 de febrero de 2017

Sobre Los vivos y los muertos, de Joy Williams

Se podría decir que empieza y termina como la vida, más que como la muerte: en cualquier punto. Hay personajes que entran y salen de escena sin mayor trascendencia, aunque algunos de ellos crean cierto afecto que, al momento de desaparecer, se transforma en un rencor minúsculo hacia la autora. ¿Por qué mató tan rápida y cruelmente a Ray Webb y el monito que habitaba en su cerebro? De otros quisiera uno más, aunque lo que ofrece es suficiente para convertirlos en presencia. Por ejemplo: Corvus. Podría haber sido mucho más, pero está bien como es. Otra resonancia con la vida: fragmentaria e incompleta, apenas esbozada, pero siempre plena. Williams nos abre un mundo, nos deja recorrerlo por un tiempo, y luego nos expulsa, dejando claro que ese mundo continúa sin nosotros. El encuentro de Sherwin y Ginger, magistral. Y algunas perlas lingüísticas:

"-"Catacresis", es la palabra del día -dijo a Corvus, a modo de saludo-. También fue la de ayer y muy probablemente será la de mañana. Tendrían que inscribirla en los frontones de este sitio. Catacresil. Catacrésico. Catacrésicamente. Con solo oírla te dan ganas de salir por piernas. Tiene como un cascabeleo, una flema de alabardero inglés. Su raíz significa "contra lo necesario". Pero trata de usarla en una frase. No encajará. Se resiste al pensamiento discursivo".

Esta palabra encontrada, como extraída al azar de un diccionario de retórica o terminología literaria, pareciera más bien ser la poética destilada de la novela: encontrar la forma de nombrar lo que no tiene nombre, a través de metáforas de uso. Como si el lenguaje corriente se hiciera poesía, o más bien, como mostrar la poesía que hay en el lenguaje, que siempre es corriente, aunque se encuentre en la literatura. 

Y cerca al final, una ironía literaria. Como se trata de una novela con cierto toque "mágico", la autora se anticipa a posibles clasificaciones: dado que Ginger es la esposa muerta de Carter y madre de Annabel, que se niega a partir al otro mundo y se queda incordiando a su marido, Alice pregunta:

"-¿Por qué no va a poder quedarse tu madre si eso es lo que quiere? ¿Qué hay de malo en ello? 
-No estamos en Latinoamérica -dijo Annabel con frialdad.
-¿Qué tendrá que ver Latinoamérica con esto?
-Estas cosas pasan en Latinoamérica, pero no aquí. ¿No te han hecho leer ninguna de sus novelas en la escuela? Es porque su cultura ha sido oprimida o reprimida o algo así".

Con personajes como Annabel, que trata de ser antipática pero no lo logra del todo, o como Alice que sí llega a ser molesta a pesar de ser la "portadora de la acción" durante buena parte del relato, o Emily, su versión más niña, entre The Quick and the Dead, los rápidos y los muertos, los no-muertos y los no-vivos, la novela de Joy Williams se recorre como un jardín o un cementerio, o como un bosque mágico y siniestro del cual se sale con un regusto agridulce, como si se hubiera recorrido el espejismo de un bosque en un desierto.  

domingo, 12 de febrero de 2017

Los críticos y la muerte

"Tocar en público, crear, exponerse, poder morir no se distinguen entre sí. Por eso, además, vemos a personas rebosantes de talento que se quedan en la opción de matar. Las llamamos críticos. ¿Qué es un crítico? Alguien que ha tenido mucho miedo a morir. En las grandes capitales de las naciones occidentales y norteamericanas podemos ver cara a cara a quienes pueden morir y resucitar y a quienes no pueden resucitar y matan. A eso lo llamamos vida cultural. Debo añadir que la palabra cultura no es adecuada. Pero subrayo que la palabra vida es aún más impropia".

Pascal Quignard
Vida Secreta

sábado, 4 de junio de 2016

El otro y el malo

No somos la interfase social a la que llamamos "nuestra persona": alguien a sus espaldas, un ser incomparablemente más vasto, nos controla, nos modela, y censura muchas veces nuestros pensamientos y acciones.

*   *   *

Hoy sé que ser maduro, ser un hombre hecho y derecho, no significa otra cosa que entender que se es malo, fundamentalmente y más allá de cualquier consideración.

Mircea Cartarescu

lunes, 30 de mayo de 2016

Profecías narrativas

Las novelas hacen mal de profecías, no obedecen las normas: aquello que es más fraudulento, más "ficticio", es lo que se acaba haciendo realidad. Halagamos la elegancia de nuestra imaginación con nuestra conducta posterior".

Iain Sinclair
Ciudad de las desapariciones

El estilo

No es posible hacer nada para conseguir un estilo. Pues el estilo no lo tienes, sino que lo eres. Está impreso allí, en la ingeniería de las vértebras de tu columna vertebral, en la dinámica de los fluidos de tu cuerpo, en el destello de luz en tu pupila aterciopelada. En el entendimiento de tu mente, que avanza cuando el universo avanza y se retrae cuando el universo se retrae.

Mircea Cărtărescu

martes, 24 de mayo de 2016

Aprender

Aprender era un placer intenso. Aprender equivalía a nacer. Se tenga la edad que se tenga, el cuerpo experimenta entonces una especie de expansión. 
De repente la sangre fluye mejor en el cerebro, detrás de los ojos, en las yemas de los dedos, en la parte superior del torso, en la parte baja del vientre, en todas partes. 
El universo se dilata: de pronto se abre una puerta donde no había puerta alguna y el cuerpo se abre con esa misma puerta. 
El cuerpo antiguo se convierte en otro cuerpo. Un país desconocido se extiende o avanza a toda velocidad y crecemos con lo que crece. Todo lo conocido cobra un nuevo sentido, atrae una nueva luz, y todo lo que hemos abandonado regresa de repente a la nueva tierra con un nuevo relieve todavía inexpresable, porque no era posible preverlo. 
Esta metamorfosis se describe en todos los héroes de todos los cuentos antiguos, y quizá sea eso lo que suscita cada tres o cuatro noches la irresistible atracción que la lectura de uno de esos pequeños mitos tiene para mí: tanto en la lectura del cuento como en el propio cuento se liberan ciertas fuerzas. Unas pocas palabras susurradas por hadas o animales se convierten en poderosos gestos o miradas semánticos. Esas palabras casi se convierten en manos que inventan realmente a su presa, inventando a su vez una aprehensión completamente nueva: un bastón, un arco, un lazo, un ladrillo, una fronda, una barca, un caballo. 
Las nuevas armas, inventando sus nuevas presas, engendran nuevas astucias, dan lugar a nuevos cazadores. 
Desafíos que no conciernen a nadie se descubren de pronto en el azar de una consecuencia que no habíamos buscado. Eso es aprender. Caen las barreras y, al caer, desaparecen las distancias. Eso es aprender. La oscuridad del bosque se desvanece. Aumenta el recorrido del viaje. 
No hay que enseñar a quien no siente alegría al aprender. 
Apasionarse por lo que es otro, amar, aprender, es lo mismo.

Pascal Quignard

Vida Secreta

martes, 12 de mayo de 2015

Sobre los "sudamericanos", según William Burroughs

"...nada que sea humano le resulta extraño o escandaloso a un sudamericano. Estoy hablando del mejor tipo de sudamericano; una raza especial, en parte india, en parte blanca y en parte sabe dios qué. No es, como uno en principio tiende a pensar, fundamentalmente oriental, ni pertenece tampoco a occidente.  Es algo especial, diferente de todo lo demás. Ha sido reprimido por los españoles y por la iglesia católica. Lo que necesitamos es un nuevo Bolívar que termine el trabajo de verdad. En eso pienso yo que consiste básicamente la guerra civil colombiana: la división fundamental entre el potencial sudamericano y los españoles represores temerosos de la vida. Nunca me había sentido tan definitivamente a favor de una de las partes, e incapaz de ver un solo rasgo redentor en la otra. Sudamérica es una mezcla de cepas; todas ellas necesarias para alcanzar la forma potencial. Necesitan sangre blanca, tal como ellos la conocen -el mito del Dios Blanco-; ¿y qué fue lo que les dieron? A los jodidos españoles. Aunque los españoles por lo menos tenían la ventaja de la debilidad. A los ingleses jamás los hubieran podido sacar de aquí. Los ingleses hubieran creado esa atrocidad conocida como el País del Hombre Blanco".

William S. Burroughs

martes, 29 de octubre de 2013

Orbitor (cegador) Mircea Cărtărescu



Después de aquellas tardes, que se convertían en el oxígeno de mi vida solitaria y frustrada, después de mis paseos de topo por el continuum realidad-alucinación-sueño, como a través de un triple reino inextricable, me ponía a leer en la cama y pasaba casi toda la noche leyendo al azar uno u otro de los libros apilados en el suelo, contra el baúl. Llegaron en el momento oportuno, misteriosamente, se dirían las piezas de una imagen-rompecabezas, clara y sin embargo incomprensible, incompleta, una especie de superlibro aparecido en la frontera entre los libros y mi espíritu. Mi lectura era profunda como la noche, el silencio silbaba todavía más fuerte, a veces un insecto daba vueltas zumbando bajo la lámpara y terminaba quemado por la bombilla sobrecalentada. Yo parpadeaba cada vez con más frecuencia, muy rápido con el párpado derecho, un poco pesadamente con el párpado izquierdo. Me acordaba de las noches cuando debía cerrarme un párpado con los dedos para lograr dormirme. De los días en los que no podía reírme sino con la mitad del rostro, mientras que la otra mitad permanecía huraña, siniestra. Después, cuando parpadeaba rápidamente, los músculos orbiculares de mi boca se estremecían de forma desagradable y, cuando estaba cansado, un sudor frío rezumaba de los poros de mi mejilla izquierda. Yo jugaba a mirar la imagen de mi habitación con un solo ojo. A la derecha, parecía luminosa, los colores brillaban sabiamente los unos junto a los otros. Pero la izquierda parecía una extraña caverna verdosa, en la que los volúmenes flácidos se extendían como la piel de los animales acuáticos. Hacia el final de la noche, el sentido de los libros se evaporaba completamente y yo no veía sobre mis brazos sino sus páginas porosas, sus signos cabalísticos y su perfume de papel polvoroso, el más excitante de los perfumes de la tierra. Mis dos hemisferios cerebrales se contraían de placer en su escroto de hueso. Medio dormido, espiaba los libros con una pasión de voyerista, algunas veces doblaba la punta de una página para examinar el grano de su textura vellosa, ensanchaba una herida descamada sobre la cobertura, seguía una media hora el correteo, sobre la planicie inmensa de la página, de un insecto que vivía allí, en El doble de Dostoievski o en La física para todos. Minúscula, el cuerpo redondo, la bestiecilla llevaba una mancha negra sobre sus patas trasparentes. Debía concentrarme para distinguir sus antenas, trasparentes también, y que se agitaban sin cesar. Recorría pacientemente los montes y las hondonadas del papel de mala calidad, se enterraba entre las hojas, luego volvía a salir a la luz amarilla sin prestarle la menor atención a los procesos físicos complicados de Goliadkine, o a las letras negras, más gruesas que ella, que los codificaban. Unos garfios microscópicos pero fuertes la anclaban a su libro, ese universo donde había nacido, y por más que yo soplaba con todas mis fuerzas, no lograba ahuyentarla. Se detenía un instante a penas para afrontar el tornado, pegaba su abdomen sobre el campo abollado de la página, después de lo cual emprendía de nuevo un paso igual y tranquilo. Nadie podría arrancarla de su patria, donde se había vestido como imago y donde moriría, para transformarse en pelusa minúscula desechada a ras de una página. Roía sin duda, de un tiempo a otro, ínfimas parcelas blancas o negras de la fibra de celulosa. Plantaba su taladro sobre el punto de la i de Goliadkine y depositaba allí los tubos que contenían cada uno un embrión. Ignoraba que su mundo significaba alguna cosa, que podía ser leído –ella lo habitaba y eso era suficiente. Habría podido tener por dios a Goliadkine, o a mí, cuyo ojo inmenso como un millar de soles se le aproximaba, pero sus ganglios nerviosos no la mantenían viva sino con gran esfuerzo. Yo era un dios que no la había creado ni podía darle salud, un dios jamás conocido e indescifrable.

Y, con frecuencia, yo me sentía observado a mi turno. Aterrado, saltaba y me aproximaba a la ventana. Contemplaba las estrellas dispersas sobre la ciudad. Alguien, en las profundidades de otra noche, tenía mi mundo entre sus manos y se divertía siguiendo mi correteo sobre rutas tortuosas. Soplaba la soledad y la desdicha, lenguas de fuego negro brotando de su boca, pero yo me aferraba a la vida derramando mis vísceras viscosas sobre la página. ¿En qué libro me encontraba yo? ¿Y qué cerebro debería poseer para comprenderlo? Y, si lo hubiera comprendido, ¿no habría tenido yo que estar decidido a constatar que vivía en un opúsculo licencioso o en un anuario o en un libro para colorear? ¿O en una abyecta carta anónima? ¿O en un rollo de papel higiénico?


Cerraba el libro sobre el ser minúsculo que, sin embargo, me asemejaba perfectamente, el cuerpo lleno de órganos como el mío, células en las que el protoplasma registraba el mismo millar de maniobras químicas por segundo, y apagaba la luz en el minuto preciso en el que el alba comenzaba a aclarar mi ventana. Me acurrucaba sobre la sábana y cubría con ella mi cabeza, no dejaba sino una brecha estrecha para respirar. Así dormía mi madre, momificada en actitud fetal, y así dormía yo también desde entonces. Pero cada vez tenía más miedo de dormirme. ¿A dónde iría mi ser a errar durante tantas horas? Llegaría tal vez a lugares de los que no podría regresar, o de donde volvería transformado en un monstruo horrible. La solución de continuidad de mi yo provocaba un apretujamiento ácido de mi plexo solar. Juzgaba intolerable disolverme, noche tras noche, en una jungla aterradora, presente en mí, pero que no era yo. ¿En qué me convertiría si, a fuerza de descender y descender en las catacumbas del imaginario, perforaba las profundidades y encontraba atroces ídolos maculados de sangre y de esperma, los ídolos de los arquetipos, del instinto del hambre y de la sed, del reflejo vomitivo? Y si perforaba de la misma forma esta zona, ¿no me hundiría yo en lo somático, enrollado sobre los riñones y las vértebras, sofocado por las células que hacen brotar los pelos y las uñas, asaltado ligeramente por el peristaltismo de los intestinos? Cualquier cosa podía pasar, el mecanismo del despertar podía trancarse, como aquella mañana de primavera en que abrí los ojos en mi habitación inundada por el sol, listo y dispuesto, antes de darme cuenta de que no era capaz de moverme. Totalmente paralizado. Traté de levantarme, pero me pasaba lo mismo que cuando le ordenaba a mis dedos que se movieran. No sabía, ya no sabía, como hacerlo. El mundo se había reducido a algunos pliegues de mi sábana, a un trozo de tejido impreso y a un reflejo del espejo. Todo duró aproximadamente un minuto, después de lo cual, ignoro cómo y en qué preciso momento, la rebelión hipnagógica cesó y retomé posesión de mi cuerpo.        

miércoles, 9 de octubre de 2013

Las nubes...

Una vez, un día cualquiera, ahora hacía ya más de setenta años, un fotógrafo, que se encontraba en Sylt o en alguna de las islas alemanas en el estuario del mar del Norte, se había fijado de entre todo lo circundante en ese único detalle: una huella que había creado el viento, el mar que había llenado los estrechos surcos insignificantes de esa huella y después se había vuelto a retirar. la férrea luz de ese día había intensificado el acontecimiento mínimo que se repetía una y otra vez, el fotógrafo lo había visto, lo había recogido y conservado. Era la técnica de aquellos días lo que hacía que la foto se quedara anticuada y agudizara la contradicción: lo atemporal continuaba siéndolo y, a la vez, quedaba marcado en el tiempo como algo de los años veinte. Lo mismo había ocurrido con las formaciones de nubes de Stieglitz. Lo que iba flotando por el cielo era esa única nube que ya nunca se detendría y que había pasado despacio atravesando el paisaje como un globo dirigible ingrávido, una nube que habían visto personas que ya no existían. Pero, a través de la foto, esa nube se había convertido en todas las nubes, en las anónimas formas de agua que siempre han estado allí, que estaban allí antes de que hubiera personas, que habían anidado en poemas y refranes, cuerpos celestes fugaces que casi siempre percibimos sin verlos hasta que llega un fotógrafo que otorga al más efímero de todos los fenómenos una durabilidad paradójica, obligándote a reflexionar sobre el hecho de que es inconcebible un mundo sin nubes, y que cada nube, cuando sea o donde sea, representa todas las nubes que nunca hemos visto y que nunca veremos. Pensamientos inútiles que, no obstante, él debía pensar porque esas fotos y lo que con ellas se perseguía tenían que ver con aquello  a lo que él mismo aspiraba: la conservación de las cosas que nadie considera que deban ser conservadas porque estaba claro que siempre habían existido. Pero precisamente de eso se trataba ahora: una vez el viento y el mar habían formado esas huellas acanaladas prosiguiéndose una a otro, no habían sido inventadas por un artista, habían sido reales en el tiempo y en el espacio y, ahora, tantos años después, esa huella o esa nube estaba sobre la mesa ante ti, habías quitado con cuidado el papel de seda protector que descansaba sobre su marco y lo que ahora se veía allí, recortado en ese cuadro de cartón, era un instante en el tiempo real, anónimo y, sin embargo, determinado, una victoria indescriptible sobre la transitoriedad. Ninguna nube inventada de los cuadros de Tiépolo, Ruysdael o Turner podría competir con ella...éstos representaban sólo otras nubes reales que nunca se habían dejado atrapar por nadie. 

Cees Noteboom

*   *   *



Hace poco, desde un avión que cruzaba el atlántico, fotografié las nubes que formaban una inmensa llanura, irregular y tupida, que se perdía hacia el infinito, y mientras las observaba, pensé que ese paisaje sólo era posible desde que el ser humano inventó los medios aéreos. Es decir, siempre ha habido nubes, siempre han estado allí, pero sólo desde hace poco más de un siglo podemos remontarlas y verlas desde arriba, e incluso fotografíarlas... Y recordé esa vieja polémica de los semiólogos acerca de si existen espectáculos naturales o todo espectáculo es ya un artificio, incluso un paisaje, pues quien nos lo enseña ya está dirigiendo nuestra atención, o si somos nosotros mismos los que reparamos en tal porción de la naturaleza para definirla como bella, o inquietante, o suntuosa, ya estamos revistiendo un fragmento del mundo de nuestra propia intencionalidad... Y ese mundo irreal que se extiende bajo las alas de los aviones, ese universo increíble, tan parecido a veces a un mundo humano o animal, tan cercano en su monocromía a un desierto, un bosque, una ciudad, ese mundo gaseoso que ponen las nubes ante nosotros, se me hizo sólo posible por el artificio humano... Pues esas llanuras de blanco estado gaseoso, tan solitarias como parecían desde la pequeña exclusa del avión, estaban ya habitadas, ya plenas y saturadas de mi propia mirada. 

domingo, 6 de octubre de 2013

La inalterabilidad del mundo

Lo que le importaba a él era algo que no se podía expresar con palabras, desde luego no a otros, algo que él llamaba la inalterabilidad del mundo, que suponía la desaparición de los recuerdos sin dejar huella. Lo enigmático era que se le engañaba siempre. Parecía que nunca se había matado, asesinado y exterminado tanto como en este siglo. Tampoco hacía falta hablar sobre el tema, porque todo el mundo lo sabía ya. Quizá lo peor no fueran los atentados, los tiros en la nuca, las violaciones y decapitaciones, las masacres de decenas de miles de personas; lo peor era el olvido que empezaba casi inmediatamente después, el orden del día. Era como si ya no le importara a una población de siete mil millones, como si -y eso era lo que a él más le preocupaba- la especie pudiera existir realmente ya sin nombres y sólo persiguiera la mera supervivencia como especie. Una mujer que en Madrid pasara en el instante en que explotaba la bomba, los siete trapenses en Argel cuyas gargantas habían sido cortadas, los veinte muchachos en Colombia que habían sido fusilados ante los ojos de sus padres, los machetes que en cinco minutos de orgiástica violencia habían troceado un tren entero de trabajadores que se desplazaban desde sus ciudades dormitorio a Johannesburgo, los doscientos pasajeros del avión que había estallado sobre el mar por una bomba, los dos mil o tres mil o seis mil chicos y hombres que habían sido asesinados en Srebrenica, los cientos de miles de mujeres y niños en Ruanda, Burundi, Liberia y Angola: un momento, un día, una semana eran noticia, durante algunos segundos corrían por todos los cables del mundo, pero lo negro no comenzaba hasta después, la oscuridad de un olvido que borraba todo y que seguiría aumentando siempre. Esos muertos ya no tendrían nombre, serían barridos en el vacío del mal, cada uno en el instante particular de su terrible muerte.

Cees Nooteboom
El día de todas las almas 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Geometría del Sueño

"Que no coincidan nunca tus proyectos con su realización. Una acción (o, por volver a mi profesión, una obra) simétrica solo puede estar muerta, como una ciudad nacida en un tablero. Así como la araña, bajo el efecto de una droga, no teje ya su tela perfecta, sino una con agujeros y bucles ordenados caóticamente, el creador de nuestro mundo (y, tras él, el escritor) deforma la materia, la altera bajo la influencia del viento loco de la inspiración. Las leyes, los esquemas, los hilos siguen siendo los mismos, pero alargados, deformados. El bordado cobra vida". 

Mircea Cărtărescu

Nostalgia ha sido un reencuentro con el descubrimiento, la sorpresa, el éxtasis de la lectura. Como entrar en un sueño controlado, que teje relaciones con la realidad y crea un nuevo diseño, un patrón en el que todo cobra otro sentido, un sentido oscuro y ambiguo. Todo lo leído, lo visto, lo atesorado, vuelve a iluminarse, a alternarse en primer plano, encendiéndose como las luces de una instalación festiva. Leer a Cărtărescu ha sido un reencuentro con la literatura en su sentido más puro, más onírico: un estímulo para el sistema nervioso de la creación.


jueves, 18 de octubre de 2012

Un amor de UIQ



Aunque escribió poco sobre cine, Félix Guattari, más conocido por su trabajo de psicoterapia institucional y por su colaboración con Gilles Deleuze, era también un gran cinéfilo y se interesaba en los entresijos políticos del cine popular. En el corazón de los "años de invierno", proyectó realizar Un amor de UIQ, una película de ciencia ficción influenciada por su trabajo clínico, su compromiso militante, su pasión por la Autonomía, los cómics y las radios libres, que ponía en escena a un grupo de ocupas que lograron entrar en contacto con una inteligencia superior venida de lo infinitamente pequeño (el Universo Infra Quark, UIQ). Guattari hizo todo lo posible para que la película se hiciera: el guión (inicialmente concebido con el cineasta norteamericano Robert Kramer) estaba listo, el presupuesto calculado, las ideas de dirección emergían por doquier; pero la película jamás fue rodada.

(De la contracarátula).

lunes, 5 de diciembre de 2011

Una porción diminuta de la verdad...

Cualquier hombre dado percibe sólo una porción diminuta de la verdad total, y muy a menudo, de hecho casi de modo perpetuo, se engaña a sí mismo deliberadamente, además, sobre ese pequeño y precioso fragmento. Una porción de él se vuelve contra sí mismo y actúa como otra persona, derrotándolo desde el interior. Un hombre dentro de un hombre. Que no es un hombre en absoluto.

El libro ilustrado del amor sexual

viernes, 25 de noviembre de 2011

Aseo personal

Así como lavamos nuestro cuerpo deberíamos lavar el destino, mudar de vida como mudamos de ropa -no para salvar la vida, como comemos y dormimos, sino por aquel respeto ajeno por nosotros mismos al que llamamos propiamente aseo.


Fernando Pessoa

miércoles, 27 de julio de 2011

McDonald's

...no importaba adónde fueras; la misma hamburguesería McDonald's aparecía una y otra vez, como una cinta sin fin que daba vueltas a tu alrededor cuando pretendías ir a alguna parte. Y cuando al fin te daba hambre y entrabas en el McDonald's y comprabas una hamburquesa McDonald's, era la misma que te habían vendido la última vez y la vez anterior y así sucesivamente, desde antes de que nacieras, y además había mala gente -mentirosos- que decían que estaba hecha de mollejas de pavo.

Según el rótulo, ya habían vendido la misma hamburguesa original cincuenta billones de veces. Se preguntó si abría sido a la misma persona. La vida (...) era en sí misma un anuncio publicitario, repetido interminablemente. Nada cambiaba; sólo se extendía más y más, como un cieno de neón. Los objetos que cada vez abundaban más se habían congelado hasta la permanencia hacía mucho tiempo, como si la fábrica automática que los producía dificultosamente se hubiera atascado en la posición de encendido. Cómo la tierra se convirtió en plástico, pensó, recordando el cuento de hadas "cómo la tierra se convirtió en sal". Algún día, pensó, será obligatorio que todos vendamos la hamburguesa McDonald's además de comprarla; nos la venderemos unos a otros para siempre desde nuestra sala de estar. De ese modo ni siquiera tendremos que salir.

Philip K. Dick
Una mirada a la oscuridad

jueves, 21 de julio de 2011

Sobre el hacer...

Saber que será mala una obra que no se ha de hacer nunca. Peor, no obstante, siempre será la que nunca se haga. La que se haga, al menos, queda hecha. Será pobre, pero existe, como la planta raquítica en el único jarrón de mi vecina tullida. Esa planta es su alegría, y a veces también la mía. Lo que escribo y reconozco que es malo, puede también ofrecer unos momentos de distracción peor a algún que otro espíritu afligido o triste. Eso me basta, o no me basta, pero de algún modo es útil, y así es toda la vida.

Fernando Pessoa

miércoles, 22 de junio de 2011

Estar ausente es la nueva forma de estar presente

…estar ausente es la nueva forma de estar presente.

Los don nadies son los nuevos famosos.

Los lugares públicos son la nueva intimidad.

Tener mal aspecto es la nueva forma de tener buen aspecto.

La locura es la nueva cordura.

Ir tirado es la nueva forma de ir elegante.

El hedor para que nadie se acerque es la nueva forma de proteger tu espacio personal. Intimidación olfativa.

La pobreza es la nueva nobleza.

Estar ausente es la nueva forma de estar presente.

Chuck Palahniuk
Vacaciones en el arroyo

miércoles, 8 de junio de 2011

Paisaje electrónico

Desde lo alto de una cuesta, con los ojos entornados a causa del sol, contempló una vasta alfombra de edificaciones que habían crecido juntas, como las mieses bien cuidadas, de la tierra de color pardo apagado; y recordó la ocasión en que, al abrir un transistor para cambiarle las pilas, había visto por primera vez en su vida lo que era un circuito impreso. El ordenado laberinto de edificios y calles, contemplado desde una perspectiva elevada, se extendía ante ella con la misma claridad impensada y pasmosa que la placa del circuito. Aunque sabía menos de transistores que de californianos del sur, en la forma exterior de unos y otros había algo cifrado y de significado oculto, de orientación comunicativa. No parecía haber límites a lo que el circuito impreso habría podido decirle (si hubiera querido averiguarlo); por ello, nada más cruzar la entrada de San Narciso, una revelación cruzó también las puertas de su entendimiento. El smog coronaba el horizonte curvo por completo, el sol que bañaba los campos iluminados de beige resultaba angustiante; ella y el Chevy [Chevrolet] parecían estacionados en el núcleo de un momento singular, religioso. como si se articulasen palabras en otra frecuencia o brotaran del eje de algún remolino que girase con excesiva lentitud para que su piel caldeada notase su frescura centrífuga.


Thomas Pynchon

La subasta del lote 49

domingo, 24 de octubre de 2010

La profesión del cuerpo

-¿Es tu yo el mismo de hace diez años? ¿Será el mismo dentro de cincuenta años?
-Para entonces espero no existir ya. Pero ahora dime: exactamente qué crees que somos.
-Un conjunto de circunstancias y funciones compuestas y siempre cambiantes a las que decimos "yo".Tampoco sabría decirte nada mejor. Hacemos como si fuera invariable, pero varía continuamente hasta que se suspende. Pero seguimos llamándolo "yo". De hecho es una especie de profesión del cuerpo.
-¡Vaya!
-No, lo digo en serio. Este cuerpo más o menos casual o este grupo de funciones tiene la tarea de ser yo durante toda su vida. Se parece mucho a una especie de profesión. ¿O acaso no?

Cees Nootboom
La historia siguiente

domingo, 19 de octubre de 2008

Día de la chicharra...

-Chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra...
(Tío, es la mañana de un nuevo día, y voy a trompicones por mi cubil, repitiendo al infinito:
-Chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra...
(La repetición constante de la palabra chicharra depura mi conciencia, tío, la libra de todas las telarañas y escombros allí acumulados. Para mí es absolutamente indispensable hacerlo una vez por mes y hoy es día de chicharra):
-Chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra chicharra...

El hombre del ventilador
William Kotzwinkle